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Inland Empire
Inland Empire
     
    Director (es) : David Lynch
    Año : 2006
    País (es) : USA-FRA-POL
    Género : Drama-Misterio
    Compañía productora : Studio Canal/Fundacja Kultury/Camerimage Festival/Asymmetrical Productions/Inland Empire Productions
    Productor (es) : David Lynch, Mary Sweeney, Jeremy Alter y Laura Dern
    Productor (es) ejecutivo (s) : Marek Zydowicz
    Productor (es) asociado (s) : Jay Aaseng y Sabrina S. Sutherland
    Compañía distribuidora : Vértigo Films
    Guionista (s) : David Lynch
    Fotografía : Odd-Geir Saether, en color y b/n
    Director (es) artistico (s) : Christina Ann Wilson, Christine Wilson y Wojciech Wolniak
    Decorados : Melanie Rein
    Vestuario : Karen Baird y Heidi Bivens
    Maquillaje : Michelle Clark
    Montaje : David Lynch
    Montaje de sonido : Dean Hurley
    Sonido : David Lynch
    Efectos especiales : Ken Rudell
    Títulos de crédito : Stephen Lawes
    Duración : 179 mn
   
     
    Laura Dern
Jeremy Irons
Justin Theroux
Harry Dean Stanton
Peter J. Lucas
Karolina Gruszka
Jan Hencz
Krzysztof Majchrzak
Grace Zabriskie
Diane Ladd
Julia Ormond
Ian Abercrombie
Karen Baird
Bellina Logan
Amanda Foreman
   
   
   
Nikki, actriz casada con un marido posesivo, recibe una oferta de trabajo para protagonizar la película Flotando en mañanas tristes, dirigida por Kingsley. El film es un remake de una película polaca inacabada porque sus dos protagonistas fueron asesinados. Su coprotagonista se llama Devon. Nikki interpretará a Sue, mientras que Devon será Billy. Terminan en la cama y comienzan a usar los nombres de sus roles en el filme. A partir de este punto, es imposible dilucidar si Nikki es Sue o Sue es Nikki.

Enlace página web del film → www.inlandempirecinema.com
   
   
   

EL IMPERIO DE LOS SINSENTIDOS
 
Por Christian Aguilera 
En algún día de 1980 un servidor descubrió durante el inicio de su adolescencia un film que para siempre más le ha acompañado: El hombre elefante. Era la primera estación hacia el conocimiento de la obra de su realizador, David Lynch. Años más tarde, se sucedieron en el tiempo Dune, Terciopelo azul, un pase en la Filmoteca de Catalunya de Cabeza borradora y así hasta alcanzar su última producción Inland Empire, en el invierno menos crudo de los que recuerdo. Un clima benigno para la estación del año en la que nos encontramos que contrasta con los temblores que recorrieron mi cuerpo al contemplar como Mr. Lynch dilapida su talento con ejercicios (auto)complacientes, ofreciendo imágenes indignas para alguien capaz de haber filmado set pieces como El hombre elefante o Una historia verdadera —una coreografía de unas prostitutas bailando que haría las delicias del peor Pedro Almodóvar (Tacones lejanos)—. Algunos creen que la comprensión de una obra como Inland Empire necesariamente debe entenderse como la parte de un todo, integrada dentro de una suerte de trilogía —junto a Carretera perdida y Mulholland Drive— y que se extiende incluso a sus trabajos colgados en internet —la sitcom (sic) Rabbitts— que podemos encontrar en la página web oficial del director. Siempre he pensado que una obra debe explicarse por sí sola y que, si en el caso de buscar cierto sentido a Inland Empire a través del visionado complementario de Carretera perdida y Mulholland Drive,la única conclusión factible que se me ocurre es una: David Lynch ha perdido definitivamente el norte.
   En los sucesivos meses asistiré (atónito) a la publicación de artículos que exploren el universo Lynch a partir de los que ya valoran Inland Empire como su obra definitiva, total. Ángel Sala ya se ha avanzado al respecto en su crítica en Imágenes de actualidad y lo tilda de «film capital, un hito para la historia del cine donde este viejo arte consigue trasladarse a texturas y superficies narrativas desconocidas....» para acabar sentenciando una «obra inmensa, inabarcable, definitiva y, ésta vez sí, maestra». No será extraño, pues, que la versión española de Cahiers du cinéma de inminente aparición se descuelgue con una integral sobre Lynch con sentencias del tipo: «Que si Lynch recupera la esencia de su cine primigenio al adoptar un paralelismo entre el personaje femenino de Cabeza borradora en relación al de Nikki (Laura Dern) en Inland Empire; que si las cortinas de color rojizo que aparecen al fondo del decorado del plató como simbología referida a Twin Peaks y así hasta el infinito...» A estas alturas del cine —más de 110 años le contemplan— algunos estudiosos sostienen que su vigencia pasa por reinventarse con formulaciones estilo Inland Empire, en las que se combinan distintos soportes visuales —el sistema digital (la mayor parte del film), el vídeo, el formato estándart de 35 m/m, la película en 16 m/m (para los fragmentos de una supuesta cinta con intérpretes que hablan en ruso)— y ofrecen nuevas perspectivas, posibilidades de lectura. Si a esto unimos que Lynch ha pretendido además sorprendernos con un ejercicio de «cine dentro del cine», las posibilidades para epatar al personal son francamente variadas. Más que salvadores de un cine que parece moribundo, que repite hasta la saciedad las mismas fórmulas de antaño, lo que se requieren son buenas historias. El Guggenheim de Bilbao gustará más o menos, despertará pasiones o merecerá abucheos, pero si se hubiera construido con cartones seguramente se lo hubiera llevado una ráfaga de viento el mismo día de su inauguración. Y no quedaría nada para desesperación de todos aquellos que habían apostado por el arte de Frank Gehring. Lo mismo ocurriría si David Lynch se diera cuenta de que incluso sus incondicionales, el último reducto de sus defensores, le dieran la espalda ante un monumento a la tomadura de pelo como Inland Empire y le hicieran recapacitar que, a sus sesenta años, aún nos debe algunas obras maestras de verdad. Calidad le sobra; no hay nadie como él que utilice mejor el sonido, crea planos de una plasticidad apabullante y combina diversos géneros con maestría (Terciopelo azul sería la quintaescencia: thriller, misterio, drama, fantástico aunados en un solo film). De seguir alimentando el culto a Lynch con un imperio de los sinsentidos como Inland Empire, lo más natural será que dentro de un lustro ofrezca otra obra financiada a saber dónde (algún fan suyo con la billetera bien llena de Moldavia o de las Islas Feroes) y convocando a sus seguidores para que la disfruten por internet. Su presencia en las salas de cine, vaticino, será cada vez más residual. Entonces nos enfretaremos a una de las últimas estaciones con parada en el universo Lynch, quien de seguir por este camino pronto entrará en una vía muerta. La culpa: Inland Empire, un lugar al que se accede por una carretera perdida que desemboca en Mulholland Drive.  
 

DEMONIOS DE LA MENTE
 
Por Tomás Fernández Valentí 
   Inland Empire pasa estos días por ser la película que, dicen, va a cambiar toda la historia del cine, convirtiéndose en uno de esos títulos de referencia que marcarán un antes y un después en el devenir del cinematógrafo. No voy a entrar en esa especie de pronósticos a corto o largo plazo, pues me parece harto arriesgado lanzar proclamas sobre qué va a ser o no decisivo en la evolución del cine como arte, ya que no sería la primera vez ni será la última que se estrenan films con fama de «rompedores» cuyo poder de subversión se queda en poco o, a veces, en nada (tampoco creo que una obra maestra del cine tenga que cambiar necesariamente algo, pues en principio un título merecedor de semejante calificativo es o debería ser válido en sí mismo considerado y con independencia de su teórica influencia sobre el cine de su tiempo; cf. el para mi gusto excepcional díptico de Clint Eastwood Banderas de nuestros padres / Cartas desde Iwo Jima, obras maestras hechas al margen de las modas imperantes).
Hecha esta precisión, creo que la mejor manera de acercarse a Inland Empire es hacerlo de una manera sencilla, directa y sin prejuicios: es decir, sin la idolatría del incondicional que, antes de ir a verla, ya está convencido de que asistirá al visionado de la-nueva-obra-maestra-de-David Lynch; y también sin la precaución de quien también va predispuesto a no-entender-nada. Digámoslo ya: contrariamente a lo que se ha dicho estos días, Inland Empire «se entiende» —de la misma manera que también «se entendía», mal que pese, Mulholland Drive—, lo cual no quiere decir que la oferta del nuevo David Lynch sea fácil. Antes al contrario, Inland Empire es, decididamente, la película más abstracta y retorcida de su autor, cuya capacidad para sumergir al espectador en una especie de realidad alternativa, o si se prefiere, un mundo de pesadilla donde las reglas de lo racional han sido previamente abolidas, deja en mantillas otras abstracciones de su director del calibre de Cabeza borradora, Twin Peaks: Fire Walks With Me, Carretera perdida o la ya mencionada Mulholland Drive. De hecho, el film se revela como una especie de variante corregida y aumentada de esta última, en cuanto mezcla los dos, tres o más niveles de percepción de la realidad de un mismo personaje, el encarnado por Laura Dern, cuya profesión es, de nuevo, actriz, lo cual sirve como excusa para construir las casi tres horas de duración de Inland Empire sobre un entramado como de cajas chinas, convirtiendo el relato (que lo hay) en una especie de laberinto, en el cual el espectador va franqueando puertas y más puertas —una figura recurrente a lo largo de toda la película— tras las cuales se mezclan la «vida real» de la actriz, la «vida» del personaje que interpreta dentro de un supuesto film que dirige el personaje interpretado por Jeremy Irons, las peripecias de unos gángsteres rusos y una extraña sitcom protagonizada por personajes con cabeza de conejo (sic), con risas enlatadas incluidas, que es el programa de televisión que mira una llorosa muchacha implicada en la trama rusa: el personaje femenino con el que Laura Dern parece fundirse en uno de los momentos finales de la narración.
Inland Empire es una interesante película, con momentos que se encuentran entre lo más intenso que hasta la fecha haya propuesto su realizador, pero no me parece superior a El hombre elefante, Terciopelo azul y Una historia verdadera, para el que suscribe sus tres mejores trabajos, si bien es verdad que, dentro del contexto de la obra de su autor, sí que resulta «rompedora»: a nivel formal, dado que sustituye sus habituales imágenes elegantemente construidas por la estética abrupta, «sucia», de la cámara en mano y la cámara digital; y a nivel de contenidos, en cuanto supone una especie de callejón sin salida, sin solución de continuidad, del perfil temático más abstracto de Lynch, frente al cual cabe preguntarse qué podrá depararnos en el futuro.

LAS PUERTAS DEL SUBCONSCIENTE
 
Por Joan Millaret 
Nuevo artefacto cinematográfico del polifacético realizador norteamericano rodado en vídeo digital que parece alejarlo definitivamente del celuloide como soporte fílmico. Sus películas han sido siempre, en mayor o menor medida, experimentos fílmicos y sonoros. Unas veces más cercano a los relatos convencionales cosechando adhesiones por doquier y otras veces más cercano a los relatos crípticos e inextricables provocando el rechazo inmediato de una mayoría y el aplauso de una minoría que reconoce como familiares elementos sustanciales del cine de David Lynch. Evidentemente, esta última entrega correspondiente al universo Lynch, convoca los atributos de su cine más abstracto, onírico e indescifrable. Inland Empire aparece como un compendio y encuentro de lugares comunes de una geografía personal construida a golpes de estancias vacías enigmáticas que contienen zonas de sombra y pasillos oscuros por donde se cuela una especie de horror intangible. Lynch se sumerge nuevamente en este universo laberíntico donde las historias incluyen dentro suyo otras historias y así sucesivamente hasta el infinito. Dimensiones desconocidas, historias paralelas y entrecruzadas que forman una tupida y densa red impenetrable. Un film sin principio ni final. Un film que contiene una tenue línea argumental —el rodaje de una película— que pronto se desvanece mientras el relato se rompe. Realidad y ficción se funden en un territorio indeterminado en que los escenarios dan paso a otros mundos o viceversa. El espectador se pierde y naufraga en el vano intento de buscar orden y coherencia en un relato descabellado que tan sólo obedece a la lógica de los sueños y de las pesadillas. Se astilla la narrativa habitual y se frustran las expectativas del espectador mayoritario siempre a la búsqueda y captura de la resolución final de los conflictos que se abren en el desarrollo de las películas. La forma de contar historias que satisfacen y tranquilizan al espectador ha desaparecido por completo en el último Lynch profundizando aún más la sima abierta en sus insondables e inexplicables films como Mulholland Drive o Carretera perdida
   Lynch es un maestro en crear universos de sensaciones y atmosferas sugeridas por ruidos y efectos sonoros de gran poder hipnótico, así como el uso de canciones y temas fascinantes y sinuosos Sinner Man de Nina Simone— aquí combinados con las sonoridades atonales de Penderecki. A esto hay que añadirle el uso inventivo del vídeo digital que gracias al grano de su imagen aporta nuevas texturas a los pavorosos rincones de escaleras, pasillos y estancias. Esa representación en plano fijo de una sitcom protagonizada por conejos con risas enlatadas es capaz de crear miedo e inquietud. El crujir de una aguja al discurrir por los surcos en un tocadiscos puede sugerir melodías siniestras como sonido de fondo de un relato alucinante y surrealista. Inland Empire es una experiencia radical tal vez de desmesurada duración pero que funciona como relato instintivo, sin guión y sin clausura. Un suicidio comercial abucheado en Venecia mientras nadie se atreve a silbar cualquier necio blockbuster que aporte color y glamour a un festival, un film privado de su exhibición en Sitges cuando el festival otorgaba un más que merecido reconocimiento al director de una obra cumbre del cine, Terciopelo azul, que precisamente cumplía sus veinte años, y finalmente estrenado de tapadillo.
  Un film que discurre por la madriguera en que Alicia se zambullía persiguiendo al conejo con el reloj de bolsillo, un film que transcurre simultáneamente en distintos espacios y tiempos, una inmensa telaraña en forma de cubo de Rubik, un mundo de sueños donde cada puerta desemboca en una nueva dimensión y finalmente se abren a uno mismo. Las innumerables puertas del subconsciente —en el film se traspasan continuamente los umbrales de las puertas— que recuerdan aquel plano onírico del personaje interpretado por Ingrid Bergman cuando cerraba los ojos para besar a un enfermo mental interpretado por Gregory Peck en el cual se abrían sucesivamente unas puertas para simbolizar la entrada en el mundo mental de su paciente en el film Recuerda (1945) del maestro del suspense Alfred Hitchcock donde éste se acercaba con desigual fortuna al mundo del psicoanálisis con la colaboración del pintor Salvador Dalí.•
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Trailer / Ficha artística y Ficha técnica / Filmografías . Formato: 16:9. Idiomas: Castellano e Inglés. Subtítulos: Castellano. Duración: 172 mn. Distribuidora: SAV. Fecha de publicación: 30 de enero de 2008 
   
   
     
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INLAND EMPIRE (2007) 
VV. AA.
Point South Music 2, 2007. Duración: 79: 26. 
   
       
   

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